
“Sin dejar señales” es el cuarto poemario de una aventura denominada “poesía en la distancia” en la que, durante unos meses, poetas despojados de identidad comparten escritura.
Palabras y poetas que se han reconocido en el repicar de las campanas, en el portal de un edificio, en las miradas que no volverán a cruzarse, en las mañanas de frío, en un cuadro, en la quietud de la tarde, en las carreteras, en los tulipanes, en la nieve, en la tinta, en un epitafio o en cualquier otro lugar porque todos y todas saben que, ahora ya, no importa que te pique un escorpión.
Unas palabras que, si bien se ofrecen intencionadamente “sin señales”, son la marca más valiosa de nuestra identidad, pues son ellas las que tejen redes invisibles, latidos y pulsos que, a modo de espejo, nos devuelven la imagen del otro que somos. Y aunque el poema se haga y se deshaga en ese ir y venir de versos, corrija su itinerario primero o modifique sus impulsos, es un todo donde los límites entre tú y yo se desvanecen en un nosotros por el que se deslizan los temas de siempre bañados por la lluvia, al amparo de unos ojos-alma, ojos-abismo, y acariciados por “dedos que despiertan sin dejar señales” para que esos temas suenen distintos aquí.
Del prologo.
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